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Trabajo Final: Español v. Castellano Rioplatense

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Anoche, apenas antes del comienzo del asado, Emilia me dijo, “si me hablás así, te lo juro, te voy a matar.” Justo antes, le había preguntado si las aguacates todavía estaban duros y una hora antes de esto, le había dicho que necesitaba comprarme maqui-ya-je nuevo. Estos momentos de falla de sheísmo o uso de vocabulario no rioplatense no me pasan mucho, y tienen más que nada el carácter de lapsus linguae—es decir, esta ciudad de buen ayre y sus porteños me marcaron tanto que un español más neutro ya suena fuera de lugar cuando sale de mi boca. Me encanta que a Emilia, mi mejor amiga porteña, le moleste tanto escucharme decir ‘cacahuate’ o ‘puedes’, a veces lo hago sólo para molestarla. Por lo tanto, tengo la sensación de que ahora me está saliendo—o me está surgiendo—mi personalidad porteña, la personalidad que se expresa a través del castellano, que es parecida a mi personalidad verdadera, aunque seguramente no igual.
Durante mis primeros meses en Buenos Aires, me sentía que se me había perdido algo; me frustraba hablar con mis compañeros de la facultad porque toda conversación seguía más o menos el mismo formato previsible y así me aburría a mí misma porqué la persona que era al momento de conversar en castellano era aburrida, nunca me hubiese gustado ni hablar con esta chica, aún menos serla. Casi miré estas conversaciones de afuera, juzgando tanto a esta yanqui aburrida y como al boludo de porteño que la seguía hablando y pensando en todas las cosas que debía decir pero no podía. Para decir la verdad, todavía me resulta difícil sentirme auténtica cuando hablo con gente de mis clases, por eso no conocí ninguno de mis amigos cercanos en mis clases. Pero a pesar de este—digamos, media de joda—déficit social de que ‘sufro’ en la facultad, puedo ahora desplazarme en más o menos cualquier otro lugar con confianza en mí misma y, armada con mi torpeza y mi acento hibrido extranjero-porteño, encantarles a todos (o por lo menos, hablarles sin aburrirles demasiado).
El acento porteño que sigo adquiriendo a lo largo de este medio-año en Buenos Aires figura enormemente en lo positivo de mi experiencia acá. Nunca habría podido aprovechar este tiempo sin la confianza que me proporciona la huella rioplatense que llevo conmigo cada vez que hablo castellano. Entonces, que es este acento que se me pegó? ¿Qué que son los elementos que le da su carácter distinto—tan distinto que por todo el acento Argentino, aunque sólo es lo de su capital? No sólo es cuestión de vocabulario, ni de fonología, sino también de gramática, entonación y gestos.
Sin embargo, las primeras cosas que siempre se notan (y que se imitan) del habla porteño son el voseo y, sobre todo, el sheísmo. Esta última particularidad del acento de Buenos Aires es lo que se imita más cuando se imita al Argentino; decir ‘sho’ instead of ‘yo’ y ‘cashe’ in stead of ‘calle’ quiere decir ‘imito al Argentino’ tal como ‘cheerio’ y ‘g’day mate’ significan ‘puedo hacer el acento inglés’ y ‘también puedo hacer el acento australiano’. Pero el sheísmo no se usa necesariamente en todas partes de este país enorme, y tampoco se usa de la misma manera en la totalidad de Gran Buenos Aires. Al entrar “Argentine Spanish” en Google, los primeros tres artículos que encontré sobre este tema comenzaron como este de www.learnspanishhelp.com :
You can tell when a Spanish speaker is from Argentina. For starters, the way an Argentine pronounces “ll” (as in lluvia -- rain) or “y” (as in yogur -- yogurt) is quite unique, very similar to how “j” is pronounced in French.
The closest we get to that in English is the sound the “s” makes in “treasure” and “pleasure.” Practice making this sound with these Spanish words to give them an Argentine Spanish flair:
yo - - - -> I / me
mayo - - - -> May
ayudar - - - -> to help
llevar - - - -> to take (or to carry)
llave - - - -> key
pollo - - - -> chicken

Él de ehow.com comienza por el tema de voseo y le sugiere al tourista que lo adopte (“While most Argentines will understand your Spanish, embrace the changes and learn to speak Spanish, Castellano as they call it, the Argentine way. When in Argentina, do as the Porteños do with some of these basic variant pronunciations, forms and conjugations.”) Frente a esto, todo lo que me ocurre a decir es el ‘jajajajaja’ que aparece en cada mensaje de MSN o Facebook que me escribe un argentino.
Siendo parte aún más complicada del campo ya complicado del yeísmo, un cambio fonético en la pronunciación del “ll” e “y” en casí todo el mundo hispanohablante, el sheísmo no tiene explicación concreta. No hay consenso sobre su orígen, pero lo que sí se sabe es que el zheísmo—que es la pronunciación de la ‘ll’ y la ‘y’ con un fricativo palatal sonoro (un [?], o el “j” francés)—era común entre hablantes cultos en los años cincuenta, mientras que su variante sordo (un [?] o el “sh” inglés) comenzó a verse en el habla popular. Así se produjo un ensordecimiento gradual del [?] entre la burguesía media, especialmente entre mujeres, y por consiguiente, el uso exendido del [?] que se escucha actualmente en Buenos Aires. Esto no quiere decir que no se usa todavía la versión sonora y aún la “ll” yeísta común, especialmente fuera de la capital. Pero antes de que me deje divagar algo de modo y punto de articulación, pasamos a la otra característica más reconocible del castellano rioplatense: el voseo.
El “vos” me asustó al llegar a Buenos Aires, su semejanza al plural vosotros del español peninsular y al formal vous francés hizo que me sonaba rarisimo usar el “vos” de acá (nota: acá para decir aquí, otra cosa a la que me costaba mucho acostumbrarme) para dirigirme a una sóla persona de una manera informal. Pero, cuando me di cuenta de la simplicidad que este mismo vos y la conjugación me podría aportar, nunca más lo dejaba de usar. Formándose siempre por el infinitivo y una sustitución del r final por la s del segunda persona del singular. Aún más importante, el voseo elimina toda confusión en la formación de mandatos; “vení”, “decíme”, “sentáte”, todos me salen de la boca como si nunca existiesen sus variantes irregulares.
En términos más formales, el voseo porteño se ubica dentro de la categoría de “Voseo Dialectal Americano”, a diferencia del “Voseo Reverencial” o “Voseo Clásico” que consiste en usar el “vos” para dirigirse reverencialmente a la segunda persona gramatical (tanto plural como singular) e implica la conjugación al plural de este segunda persona (el ‘ais’ o ‘eís’ del español peninsular). En cambio, el Voseo Dialectal Americano procede del mismo fuente gramatical, pero ha sufrido muchos cambios, incluso el pérdido de su sentido plural, su registro formal y su i final. Aunque se perdieron en las americas, el ‘vos’ también tiene sus correlatos pronominales, el ‘os’ objetivo y el ‘vuestro’ posesivo, que se reemplazaron por ‘te’ y ‘tu/tuyo’.
Sin embargo, hay mucha variación en cuanto al uso del voseo, hecho que proviene del sistema complejo de pronombres de cortesía que surgió en el castellano antiguo que se hablaba en la Peninsula Ibérica entre los siglos XX – XV. Variantes como el ‘vuested’, ‘usted’, ‘vuecencia’, ’vuecelencia’ (‘vuestra excelencia’), y ‘usía’ (‘vuestra señoría’) surgieron en diferentes poblaciones hispanohablantes y de estas variaciones evolucionaron una cantidad surtida de maneras de expresar la segunda persona gramatical. Estos variantes existían tanto en España que en las varias colonías que se estaban construyendo en las Américas, pero se íban destilando hasta que se haya producido una forma coherente en España y otras en las poblaciones latinoamericanas. Por eso, se escucha en otros lugares un voseo mezclado que emplea formas pronominales del tuteo con morfología verbal del voseo dialectal, el pronombre ‘vos’ combinado con la conjugación del ‘tú’, usos plurales del ‘vos’ con la desinencia ‘eis’ o ‘ais’ al fin, y aún ejemplos del voseo clásico o reverenciál. Aunque existen estos variantes del voseo, ninguno sería el voseo porteño de lo cual me enamoré en Buenos Aires; el voseo sencillo y melódico que forma parte del ritmo distinto del habla rioplatense. Además, entre los dos elementos más reconocibles de este acento, el voseo es lo más asequible. El uso forzado del famoso sheísmo termina en vergüenza—o aún peor, no en vergüenza de la parte del hablante y pero en vergüenza extrema por la parte del oyente.
Tengo que calificar esta última cosa con la admisión de que, sí, he sido uno de estos pelotudos de extranjeros (este es otro lugar donde me gustaría poner un ‘jajaja’), pero muy temprano en mi estadía en Buenos Aires, durante mi primer asado argentino, un porteño (quién era por su parte, bien pelotudo) me dijo que quedaba muy claro cuando me estaba forzado el acento y que hablaba mucho mejor sin tratar de imitar al porteño. Aunque este tipo me dio bronca, tenía razón.
Y ahora, acá estoy, unos meses después, todavía recuperándome del asado anoche—el sexto o séptimo que tuvimos en esta casa desde mi llegada—y al pensar en la traición que le hice a Emilia, hablando de aguacates y yeiendo, no puedo dejar de sonreír. Y aunque no estoy satisfecha con mi progreso en español, el aporte social y emocional de este castellano raro—susurrante y chillón a la véz—surge como lo inesperado y maravilloso de este ultimo cuatro meses y pico en Buenos Aires.

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