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El Desordenado Equilibrio Argentino; Ensayo Final

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El Desordenado Equilibrio Argentino

Interactuando con la gente argentina, en mis primeras semanas del programa de intercambio en Buenos Aires, me llegaron unos múltiples choques en términos de la puntualidad. Entré a esa sociedad nueva con una manera de manejar mi horario muy diferente, que era muy estable y muy dependiente del reloj. Mantenía, gracias a mis padres, a mi Universidad, y últimamente a mi cultura yankee, una concepción muy fija de cómo las personas deben manejar el tiempo; eso incluía que una controla su puntualidad por respeto a otros, y también por su propio interés, para que puedan cumplir todos sus trámites que tienen. Una hora para almorzar, por ejemplo, en una oficina en que yo trabajaba hace unos años no era una hora para juntarse con amigos, ni para extender el tiempo hasta tres horas, ni para decidir irse a casa porque un tío recién llegó de España… Con tensión, estrés, y confusión me encontraba en la Argentina con una sensación de que no todos siguen el reloj. Pero no siguen porque no son ocupados, ni porque tienen más tiempo que los estadounidenses (aunque podemos discutir este punto, porque también he observados que la noche pone a muchos a no dormir…), sino porque construyen la vida con otro equilibrio. Aunque es un equilibrio desordenado, y eso me han comentado mis amigos, tutores, profesores, y desconocidos (los taxistas son muy buenos comentadores sobre la vida porteña), esta compuesto de algunos valores que yo intento adaptar y espero que los lleven conmigo para toda la vida.

Mientras mi etapa más fuerte y difícil de acostumbrarme acá, tenía que resolver muchos temas académicos, profesionales, y legales. Aquellos trámites incluyeron reuniones en la facultad y con docentes, mi jefa en mi pasantía, y varios viajes a migraciones. Puedo decir sin exagerar, que sufrí tantas cancelaciones y retrasos sin explicación que me enojaba mucho pensando en el hecho de que nadie le importaba mi horario ni mis problemas. Me preocupaba cada día que no pude cumplir un objetivo porque alguien decidió, caprichosamente, salir temprano de su oficina. Sin notificarme. Al menos, pensaba, si tuvo una reunión conmigo, hubiese llamado para informarme que salió. Hice nuevas amigas también que, con frecuencia, contestaban mis mensajes de texto diciendo que les llegaron otros planes y tuvimos que arreglar para otro día, o salir otra hora. En los Estados Unidos – ni en mi campus ni en mi casa – no me encuentro con lo que llamaba ese “fracaso de time-management” y “descuidado del tiempo de otros”. Pero antes de ponerme tan enojada, me puse a pensar en PORQUE mi actitud era negativa en vez de abierta… Obviamente era yo, y no toda la Argentina, que manejaba tan fija con el reloj. Porqué me daba tanto estrés posponer una cita, un encuentro, o un tramite cuando al fin siempre podía cumplirlo? Porqué pensaba si no les importaba a mi las amigas que me cancelaron, aunque siempre estaban pilas de verme y salir conmigo otro día? Esas preguntas me llevaron a descubrir que a través de la cultura Argentina, una cultura muy distinta que mi propia, podía ver muy profundamente las características mías casi innatas y subconscientes que me había instalado la sociedad estadounidense. Mis preguntas de ‘porque’ me permitieron ver que tengo hábitos y perspectivas que realmente no me gustaban, pero antes de mis choques con la cultura argentina no estaba capaz de darme cuenta.

Reaccioné hacia el hábito de posponer y cancelar citas y reuniones, especialmente entre profesionales y facultad, sin mucha notificación anticipada y por razones que me aparecieron inadecuadas. Durante mi experiencia en Pomona College, por ejemplo, nunca he creído posible mandar un mail a mi profesor para decirle que no puedo llegar a clase porque esta lloviendo mucho y me siento resfriada, o faltar a clase sin avisarle porque me esta visitando una amiga de afuera de la ciudad. Esas prioridades de cuidarme y valorar mi tiempo con mi amiga no tienen mucho lugar en mi trabajo y mi facultad en los EEUU, y me parece que para la mayoría de la gente de allá, también están mas preocupados sobre sus horas en la oficina y en clase que con su propia salud y vida social. Esa preocupación tenía yo cuando empecé acá; un miedo, que si no hago todas mis actividades y obligaciones con el horario que arreglé, que se me vaya posibilidad de hacerlas. Me encerré con la perspectiva de que el tiempo NO es flexible, y con esa manera de vivir el tiempo me controlaba. Nunca se me ocurrió, por ejemplo, cancelar una reunión para tener un almuerzo largo con mi mama o posponer un trámite en la facultad porque no quería resfriarme más con la lluvia. Mis decisiones las tomaba siempre mirando el reloj con la meta de avanzar lo mas posible con mis trabajos, y muchas veces sin pensar en lo que realmente era mejor para mi salud, mis vínculos con amigos y familia, y mi bienestar emocional.

En las plazas y los parques – especialmente ahora, cubiertos con florcitas celestes, algunos con un olorcito de jazmín – las familias y los amigos vienen bien armados con mate y tiempo para estar juntos. El valor que dan al tiempo para estar juntos, conversar, escuchar, y cuidarse, he observado en la tendencia de posponer, reorganizar horarios, y tardar. Ahora, he aprendido que esa tendencia no significa una falta de respeto, sino el conocimiento compartido entre la sociedad argentina, que a veces nos llegan oportunidades mas importantes que las que teníamos arregladas. Aunque esta perspectiva nos lleva a tener una especia de desorden en la vida cotidiaria, y que a veces tardamos en cumplir trámites, podemos dedicar más tiempo de nuestras vidas a las personas y actividades que nos importan. Admiro el control que los argentinos tienen sobre sus propios horarios diarios; admiro la perspectiva que trámites y obligaciones siempre van a estar, pero sin embargo es posible poner en primer lugar la salud, los amigos, y la familia. Ahora entiendo que yo también puedo cambiar mis horarios, que hasta un límite puedo posponer mis reuniones y trámites, y que cuando estoy con amigos en una plaza tomado mate mi cabeza no tiene que estar cargada de pensamientos sobre la tarea de la facultad. Aprendí que el equilibro, en la práctica, a veces parece el desorden, pero que el desorden hasta cierto punto es un estado natural y cómodo. Yo he sacrificado, durante mi tiempo acá, un poco del orden en mi vida para establecer un equilibrio de prioridades mas ajustado a lo que me importa.

Me siento, gracias al desordenado equilibrio de la sociedad argentina, que entre la vida social y el trabajo/la facultad, voy a llevar a los estados unidos una tranquilidad en mi vida cotidiaria. Nunca me imaginaba encontrar una tranquilidad en el desorden, pero la gente acá me enseñó que no hace falta estresarme tanto sobre el tema del tiempo; no hace falta percibir los trámites como obligaciones que tengo que resolver en el momento en que me presentan. Me siento, como una persona responsable, que voy a llegar a cumplir mi tareas y mis reuniones, así que cuando llega un momento en que tengo que cambiar mi horario un poco para mi propio bienestar ahora lo puedo hacer sin preocuparme. Me alegra mucho que pueda aprender a mejorar mi vida en términos de características muy internas a través de otra cultura; entre la sociedad argentina, mis distintos hábitos y perspectivas aparecían (y siguen apareciendo) como señales. En esa nueva cultura identifico las señales más distintas, y las pongo en duda para ver si son realmente características mías que he elegido porque me gustan o porque mi sociedad me formó así automáticamente. En este sentido, sigo aprendiendo mucho sobre la cultura argentina en si misma, pero también aprovecho este nuevo punta de vista para examinar y reflexionar sobre mi misma. Lo que me chocó más, al principio, el tema del horario, prioridades, y tratamiento del reloj, es ahora un elemento de la sociedad argentina que me cae bien, lo cual espero que pueda llevar conmigo para cambiar mi vida estresada en la facultad en los Estados Unidos. Ahora me siento armada con la confianza necesaria para desafiar el tiempo un poco, para rechazar el control del horario que me había impuesto la sociedad estadounidense y su presión de poner trabajo y progreso material en primer lugar casi siempre. Regresaré y distribuiré mi tiempo más entre los amigos, la familia, y las actividades que antes estaba muy acostumbrada a olvidar frente al reloj. Aunque puede parecer un poco desordenada, atrás de esa cara superficial es un equilibrio más profundo.

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