No puedo creer que aquí estamos: el fin. Llegué en Buenos Aires el 4 de febrero—ya he vivido acá por más de cuatro meses y me falta poco—me voy el 29 de julio. Siempre cuando hay un fin, se marca un periodo de reflexión también. Recién, he estado pensando en lo que voy a extrañar de esta ciudad, mi primera ciudad, probablemente mi favorita además debido a que será primera siempre. Hay tantas cosas que podía decir—cuánto aprendí, cómo cambié, cuál transición en mi vida marca mi experiencia afuera del país—pero me parece que tales sentimientos han sido escrito uno y mil veces y no sé si tenga una respuesta original. Me interesa más pensar en qué voy a ver, oír, oler cuando soñaré con Buenos Aires, de qué yo conocía cuando estaba acá, y cuando en cinco o veinticinco años cuando cruzaré con Buenos Aires en el periódico o una fiesta, en mi trabajo o en la televisión, ¿qué va a significar para mí?
Creo que voy a pensar en mi cuarto, las paredes verdes, el postigo que constantemente golpea afuera de la única ventana que abre al espacio central del edificio. Pensaré de la terraza donde había la pileta durante los meses calorosos y donde comemos asado, incluso en los meses fríos. Me acordaré de las mejores medialunas de la entera ciudad, que vende la panadería de la esquina. Voy a oír las baterías que se tocan en el Parque Centenario cada finde que se pueden escuchar de la cocina. Caminaré hasta la parada del colectivo que me lleva a Puan. Leeré el cartel gigante y rojo que dice, “Que la paguen la crisis los capitalistas” en las escaleras de la facultad. Imaginaré los jorgitos (alfajorcitos) que son los más riquísimos. Tomaré ‘Vasco Viejo,’ el mejor vino que cuesta menos de quince pesos y se sirve en mi parrilla favorita del barrio. Bailaré a la misma canción que está por todos lados: “TE AMO, TE AMO, TE AAAAAMOOOO….”



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