Aunque sea casi un cliché en Argentina, el tango no es solamente lo que se ve en Plaza Dorrego y Caminito. Además de eso, no se trata únicamente de una danza, sino de toda una cultura de música y expresión sensual. Siempre me interesó el tango, pero antes de venir a Buenos Aires todo lo que conocía era lo que haba visto en programas de televisión como “Dancing With the Stars” y “So You Think You Can Dance” y películas como “Strictly Ballroom”. Pero el estilo de tango que se practica en el mundo de baile de salón no tiene casi nada que ver con el tango argentino; el primero siendo compuesto de técnicas muy fijas que le da un carácter poco natural, y el segundo siendo llena de pasión y construida de improvisación.
Es importante diferenciar el tango argentino de su encarnación televisada, tanto en términos del baile como en términos de música. Los que tocan y cantan tango no lo hacen solamente para acompañar los bailarines, la música del tango es un arte en si mismo. Hace dos semanas, dos amigas porteñas me llevaron a un concierto de tango en una fábrica antigua en la Recoleta. La orquesta era un grupo de jóvenes y el ambiente era más un ambiente de un concierto de rock, no lo que se imagina cuando uno piensa a un concierto de tango (varones en trajes oscuros de raya diplomática echando miradas furtivas a las chicas y teniendo rosas entre sus dientes, etc.). Los músicos llevaban pantalones anchos y camisetas con agujeros mientras tocaban un tango muy intenso: una mezcla entre tango tradicional y electrónico. La intensidad increíble de la música hizo que no me faltara el baile, aunque me gusta mucho mirarlo. El espectáculo fue la pasión de los músicos, quienes tocaban de una manera tan viva y con tanto movimiento que parecía casi una danza. Entonces, tradicional o moderno, con o sin baile, músicos jóvenes o viejos, me encanta el tango argentino, aunque no soy la primera a decirlo.



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