Antes de llegar a Buenos Aires, ya sabía que habría un montón de diferencias entre cursar en Middlebury y la Universidad de Buenos Aires. Después de muchísimas reuniones con los de la oficina de estudios extranjeros, en que siempre nos contaban la gran diferencia cultural que experimentaríamos por las maneras de educación no importa a cual país fuéramos. Pero después de haber elegido Buenos Aires, los relatos sobre la diferencia marcada entre su sistema educativa y lo de los estados unidos abandonaron aún más. Y además de eso, lo que escuché afuera de la oficina de estudios—de mis amigos que estudiaron en Buenos Aires antes—no tenía que ver con el sistema público sino con lo privado, que se considera (casi universalmente) como pan comido en comparación con la universidad pública. Así ya pensaba que habría muchísimas diferencias entre la educación universitaria de los Estados Unidos y la de Argentina, y también que iba a ver muchas más después de empezar el semestre en la ciudad. Pero una vez que habían empezado mis cursos en la facultad, esas diferencias me parecían no sólo más profundas sino que contribuían y formaban su universidad respectada en una manera que no anticipé.
Me parece que, en los Estados Unidos, se conoce la Universidad de Buenos Aires por tres características suyas: antigua, y el hogar de muchos genios hispanohablantes, como Borges; gratis, que cuesta mucho comprender a una sociedad acostumbrada a tener que pagar más que $30,000 por un año de estudio universitario; y un quilombo verdadero, con clases que pueden tener más que 200 personas y paros que duran semanas enteras. Y esa es la imagen que tenía en cuenta antes de cursar en la Universidad de Buenos Aires: cuando recién llegué acá, mi “madre” de acá me dijo que esa universidad es para los que pueden manejar sus propios vidas y horarios con responsabilidad. Y te juro que yo no era tal persona. Pero este relato no trata de mi propia experiencia cursando en la universidad, sino de cómo la índole única de la universidad forma el funcionamiento social relativamente al sistema estadounidense.
Por eso, creo que muchos estudiantes de Middlebury eligieron asistir a universidades privadas durante su estadía en Buenos Aires—y no los puedo culpar, ya que tenía mi (sobre)dosis cotidiano de la UBA este semestre. Pero la disparidad que existe entre las universidades publicas y privadas adentro del sistema universitaria bonaerense es rara, porque aunque tienes que pagar para asistir a una universidad privada, el sentimiento común es que el nivel educativo ofrecido ahí es más bajo que el nivel que consigues en la UBA. Efectivamente, al asistir una universidad privada, no pagas por una educación mejor, como en los Estados Unidos; al contrario, solo pagas para evitar el quilombo burocrático de la UBA (lo que se podría decir lo mismo, hasta cierto punto, del sistema universitaria de los Estados Unidos). Pero si puedes soportar lo que a la superficie parece un sistema ineficiente (y lo que es ineficiente en ciertas maneras, pero más eficiente en otras), vas a aprovechar más tu educación en Argentina (y podría incluso comparar con una educación conseguida en los Estados Unidos). Capaz que tengo la explicación de este fenómeno.
Hacía una comparación bastante coherente de los dos sistemas universitarias, sirve aclarar unas desventajas que sufrió mi experiencia correlativa de los dos. Sobre todo, hay que tener en cuanta que aunque yo estaba acostumbrado al sistema privada de los Estados Unidos, lo que experimenté acá en Buenos Aires fue cursar en una universidad pública (lo que, de verdad, no podía haber sido más distinto de mi experiencia universitaria en los Estados Unidos). Así, capaz que parecería raro o infundado tratar de nombrar las diferencias entre los dos sistemas—y por eso, no es lo que yo intento. Más, espero elucidar los pensamientos que yo tenía durante el semestre acá sobro como esas diferencias cambian la manera de estudiar y aún definen el propósito y éxito de las universidades, en una manera u otra. De hecho, mis reflexiones sobre el asunto han llegado a ser un relato sociológico más que nada. Pero tal relato implicará comparación en su método de planteamiento.
Argentina es bien conocido por su sistema educativo bastante enigmático, por ser a la vez uno de los más viejos de Latinoamérica—y aún de las Américas, con la Universidad de Córdoba—y por tener el conjunto de un sistema administrativo burocrático y inmanejable y un clima sociopolítico tan complejo y turbulento. Sin embargo, me parece que este clima complementa la manera en que la universidad funciona. Por su historia larga y rica, alcanza atraer cualquier profesor sin tener que ofrecer montos enormes de plata ni recursos y tecnología de punta para facilitar su investigación. Por otro lado, tales beneficios son obligatorios en los Estados Unidos—y más, el rendimiento de la universidad (como negocio y como institución educativa), los docentes, y los estudiantes, sirve como función de su dotación y la implementación de esa dotación. Además, la administración de la universidad, juntada con la turbulencia de su clima sociopolítico, mientras puede hacer que sea imposible tener clases ciertos días (o semanas, o meses—por suerte no sufrimos tal paro este semestre), también hace que ambos los alumnos y docentes—los que lo pueden soportar) sean más diligentes y entregados a su estudios o empleo.
Aunque no se ubica al centro del argumento de mi relato, vale la pena hablar de la educación social que uno aprende al asistir a la Universidad de Buenos Aires en vez de una universidad privada argentina o una universidad en los Estados Unidos. Sólo al entrar en el edificio de la Facultad de Filosofía y Ciencias (no puedo hablar de otras facultades, porque no asisto a ellos y escuché que esa Facultad es una de las más activas en la manera sociopolítica), es imposible evitar toda la propaganda pegada a los muros y te das cuenta del clima sociopolítico increíble tanto para ambos los alumnos como para los profesores. Aunque es una exageración grave usar Middlebury como ejemplo de la diferencia grandísima entre las educaciones sociales que se aprende en cada institución, al contrario de lo que te contaría la oficina de ingreso de Middlebury, la universidad es una burbuja dentro de que se puede pasar un semestre entero sin enterarse nada de lo que pasa afuera—y que te cuesta mucho penetrar, si te preguntas lo que pasa en el resto del mundo. Aunque este cierto tipo de ventaja (la educación social) de la Universidad de Buenos Aires no cuenta con el enfoco de mi relato, vale la pena notarlo como otro razón porque, si lo puedes soportar, vas a alcanzar más de la universidad.
Sobre todo, ahora comprendo algo de que antes no me podía dar cuenta: que la privilegia y la abundancia de recursos que viene de la riqueza del sistema educativo estadounidense y sus estudiantes traen sus propias desventajas, no obstante sus ventajas. Tales desventajas se puede definir generalmente por una especie de pereza, y pueden ser enormes. No se puede olvidar las ventajas, que son abundantes, pero ahora me doy cuenta que lo que veía muchas veces en Middlebury era un desperdicio de no sólo los recursos que había sino un impulso básico de aprender y compartir el conocimiento. Por lo contrario, acá vine a darme cuenta de lo bueno que venía de la falta de privilegia que sufría la Universidad de Buenos Aires. Se lo puede ver como persiste la facultad—que es un quilombo burocrático sin igual—sólo por el rendimiento y participación de los alumnos y docentes. Y es la motivación de los alumnos y docentes que es lo más poderoso de todo el sistema, por cual ellos soportan todo ese quilombo de la facultad. Es porque hay que tener su propia voluntad para ser estudiante—aún para inscribirse y saber de los cambios frecuentes infrecuentes y ocurrencias imprevistos. Es igual para los profesores, que no se permanecen en la facultad por el sueldo que reciben sino para el honor de enseñar en la Universidad de Buenos Aires y para enseñar estudiantes que tienen una voluntad tan sincera y dedicada.
Al final, el enigma de el sistema universitario público de Buenos Aires se centra en que las universidades prosperan no por plata—donaciones, dotaciones, y matrículas—sino por la voluntad y el afán de ambos los alumnos y los profesores. Sin duda, cada tiene sus propios motivos y intenciones, pero así es la educación: ambos se involucran en el sistema para avanzarse, en cualquier manera que sea. Pero lo que pasa con la Universidad de Buenos Aires es que los alumnos y docentes ahí, a pesar de todo que los inhibe hacerlo (una administración inefectiva, una falta de plata y recurso, y un clima sociopolítico entrometido), tienen una dirección y el afán para avanzarse en esa dirección.
Submitted by Jason on Mon, 06/22/2009 - 04:48



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