Limpieza

Subí al ómnibus cuarenta minutos temprano. Es probable que se debiera a la Limpieza que quedó todavía en el departamento, como las nubes invernales que castigan los excesos soleados del verano. El olor podrido de químicos disolviendo en agua caliente. El sabor de jabón en las hojas de espinaca hervidas. El tercer lunes, lo que significa que es el día del trabajo para Rosa. Para ella, trabajo tiene varios sentidos. Puede significar sentarse en la oficina de su hija por todo el día, mirando su correo, tomando mate. Otros días, trabajar es hablar con unas mujeres para escoger para la temporada que viene el inventario de ropa para como intermediadas del comercio. Pero en la mayoría de los casos, trabajar significa nada más que estar en las casas de sus hijos mientras que una mujer limpie, lave, barra y desinfecte. El tercer lunes es el día cuando llega la Limpieza en su propio hogar. Por eso, me levanté de mi siesta, desorientado y con un dolor en mi cabeza. Rosa estuvo parada, comiendo una torta recién frita, mientras que Lilian en sus rodillas lavó el suelo abajo.

Hacía viento. Entró mi vieja chaqueta verde y campera de lana hechos en cantidad masiva en los Estados Unidos, para otras estaciones, otros modos de llevarse. Había equivocado y dejado mis pantalones de spandex en el departamento. Desde que se había aprendido la calefacción bajo-suelo en el edificio del apartamento, había sobre-estimado crónicamente la temperatura afuera y había bajo-estimado la ropa necesaria para calentarme.

Sentado en el ómnibus, me arrastré a un asiento recién calentado por una mujer obesa. Miré a las tiendas y carteles de publicidad que casi he memorizado. Oí el ruido de monedas sacudidas. Una mujer mayor pasó lentamente por el pasillo del ómnibus. Pidió monedas. Con tarjetas en su mano. Vendiéndolas. Una tarjeta con flores, un poema, un dibujo de perritos. Nadie compró ni una. ¿Quién sabe dónde va a dormir esta noche fría? ¿Qué demonios pasarán por sus sueños, sueños fríos, cansados, hartos de tener hambre? No sé. Sigo fijándome en las tiendas, pensando en un porvenir lejos, o en otro más cercano que va a llegar sin mi permiso, sin mis ganas.

Un hombre sube al ómnibus, mirando a los pasajeros—abiertos sus ojos como si no pudiera creer el horror antes de él. Empieza silbar un tema raro, tocando un ritmo con un palito y una tapa de una olla. Y al toque, él para. Él y la mujer mayor se miran. Él se sonríe. Ella sacude su cabeza, pasándolo lentamente para bajar a la próxima parada. Él sigue.

Circo del Criollo, se llamado por él. Como la obra de Juan González Urtiaga sentando en un piso de la Biblioteca Nacional. Esperando un lector para compartir sus secretos. El hombre les contó a los pasajeros que el tiempo no es oro, antes de perdonarse por pedir unas monedas después de gastar se tiempo. Habló con una muñeca en su brazo, como los “muppets”, recitando sus rimas líricas. Como siempre, frente a unos pasajeros indiferentes, los que evitan el contacto con los ojos de los que suben al ómnibus para cantar, tocar, recitar, contar un cuento, como si ese contacto confirmaran un contracto no deseado, una obligación de remuneración con monedas. No obstante, en las noches más frías, cuando aun unas monedas extras no pueden comprar ese techo precisado, ni otra manta ni estufa de leña, un gesto de agradecimiento, unas palabras de gracias, un rastro de cariño, pueden calentar esos sueños oscuros y congelados.

Levanté antes que terminara, cercana mi parada. Me di cuenta de que yo bajaría antes de que él terminara y pasara para pedir unas monedas por el entretenimiento. Como había ocurrido tantas veces en esa ruta. Mientras que estuve parado a la puerta, muy cerca de la parada para la facultad, se terminó el espectáculo. Silencio. Ni un propósito de aplauso. Nada de nadie. Nada de mí. Me callé, sin ofrecerlo nada para agradecerlo por haber actuado como un payaso enfrente de un público sin la gracia de echarle ni sus caras de atención. Bajé para encara otra vez al aire frío, veinte minutos temprano.

Cuando leo lo que escribís,

Cuando leo lo que escribís, siempre me pregunto, ¿qué comentar? ¿qué decir frente a estos pedacitos de vida --tuya y de la ciudad, de los personajes de la ciudad--? Sos un escritor excelente, ojalá dedicaras tu vida a la observación y a la escritura. Estas escenas cotidianas, mezcla de soledad urbana y ternura hacia tus personajes, realmente llegan al corazón. Lo que escribís es la prueba de que se pueden hacer maravillas con sólo estar parado en una calle de la ciudad, con sólo mirar por una ventana o estar esperando el ómnibus. Se trata de saber mirar.

Gracias

Liria

Post new comment

The content of this field is kept private and will not be shown publicly.
  • Lines and paragraphs break automatically.
  • Web page addresses and e-mail addresses turn into links automatically.

More information about formatting options

CAPTCHA
This question is for testing whether you are a human visitor and to prevent automated spam submissions.
13 + 5 =
Solve this simple math problem and enter the result. E.g. for 1+3, enter 4.
By submitting this form, you accept the Mollom privacy policy.

Theme by Danetsoft and Danang Probo Sayekti inspired by Maksimer