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Trabajo Final de Escritura: Círculos de multicolores flotando, colisionando en un lugar llamado Buenos Aires

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Este sábado fui al festival “Ciudad Emergente” en el Centro Cultural Recoleta. Después de navegar las multitudes de porteños y extranjeros chetos con sus anteojos negros, sus camisas a cuadros y sus suéteres de los ’80, demasiado inmersos en sacar fotos de si mismos para mirar el arte que formaba el fondo de sus fotos, me escapé a una de las salas donde los devotos a la cultura indie todavía no habían infiltrado. Aunque a veces tengo dificultad relacionando al arte contemporáneo, me llamó la atención una serie vibrante de círculos de multicolores y varios tamaños colgados en la pared en frente de mi. Las luces habían sido atenuados de tal manera que solamente brillaba una órbita de luminiscencia débil alrededor de cada uno de los círculos. Al acercarme a la pared, vi que cada círculo tenía un diseño particular de colores vivos, de rayos e hilos, de espirales de luz y oscuridad—unos pintados de varios tonos de rojo, mientras otros emitían azules y verdes tranquilizantes como el mar. En un rincón cercano, había un cartel casi desapercibido—una explicación del artista de sus métodos y de la significación de su obra. Los círculos, al parecer desconectados, simbolizaban el desplazamiento de los seres humanos en el mundo actual. Al enfocarse específicamente en uno de los círculos, uno perdía la visión de la totalidad de la obra que, cuando visto en completo, era aún más impresionante. No puedo imaginar una metáfora más acertada para la realidad que veo cada vez más en el mundo en que vivimos. Creo que la mayoría de la gente siente muy sola, cada persona se enfrenta a la soledad de una manera distinta, busca varias distracciones o piensa tanto en su soledad que olvida que los demás comparten las mismas sensaciones. Estamos cada uno tan involucrados en nuestros propios universos, que olvidamos que somos parte de alguna comunidad. Aunque parezca mentira, cuando pienso atrás en los últimos meses que pasé acá, me trae a la memoria recuerdos de los varios personajes, la mayoría muy solos, que conocí durante ésta estadía en Buenos Aires. El beso con que nos saludamos acá es engañoso, crea un sensación de comunidad íntima falsa o por lo menos más difícil de lograr que parece. Si eran extranjeros que vinieron a Argentina en búsqueda de algo, seducido por alguna fantasía de lo que encontrarían en Buenos Aires, o las multitudes que se topan diariamente en los subtes y los colectivos, he visto tantas personas con miradas ausentes, que les falta algo, que la vida no ha terminado como habían esperado. De alguna manera, esa mezcla de personas se ha encontrado acá, en esa ciudad estresante y bella, enigmática e inspiradora. Me encontré varias veces en la posición de observadora—de alguna manera observando a los demás, me ayudó enfrentar mi propia soledad en esa ciudad. A veces uno siente aún más solo y aislado en una ciudad abrumadora llena de gente, pero al mismo tiempo, siempre existe la posibilidad de romper las barreras que nos separen y encontrar esas pequeñas conexiones humanas inesperadas. Lo que sigue no pretende de ninguna manera ser un estudio sociológico, sino que espero expresar, con palabras, algunas de mis memorias más llenos de color que voy a llevar conmigo cuando vuelvo a mi hogar. Intento comunicar la universalidad de la soledad y las hermosas interacciones que pueden surgir si abrimos los ojos y trascendemos los muros que nos construimos para protegernos.
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A la vuelta de mi casa, hay una lavandería. Desde afuera, parece como cualquier otra lavandería pero la primera vez que entré ahí, entendí que había encontrado alguien especial. El dueño, Juan, estaba escuchando a Schubert en la radio y noté un libro de Sartre en medio de las facturas. En realidad, fue un viernes y yo estaba llegando a casa muerta y de mal humor, no tenía la energía para charlar con nadie. Me empezó a preguntar que estaba haciendo acá en Buenos Aires. Terminamos hablando de la música clásica y le dije que hacía mucho tiempo que no iba a escuchar un recital. Inmediatamente, sacó el diario y empezó a buscar conciertos para mi. La mañana siguiente, cuando fui a buscar mi ropa, me quedé dos horas hablando con Juan. Empezamos con Sartre, le conté que lo estaba leyendo para mi curso de teoría literaria y él me contó que en otra época, era también estudiante de letras. Me habló de la experiencia estudiantil durante la dictadura; su cara se iluminó a principio mientras acordaba con emoción como leía a Marx en el baño de la universidad y tiraba las hojas del libro en el agua para que nadie se enterara. Continuó, contándome sobre una revista literaria que él organizó con unos amigos. Según Juan, evidentemente tenían bastante éxito. Me habló de una chica que había empezado a trabajar para la revista y como él se enamoró locamente de ella. Salieron por algún tiempo. Un día, ella no vino a trabajar. Con tiempo, el grupo de la revista se hizo cada vez más chico y tenían que cerrarlo. Juan sobrevivió la mayoría de sus compañeros. Dejó la facultad. Después de varios trabajos poco gratificantes, terminó abriendo la lavandería. Reconoce la triste realidad que la vida no le ha resultado como él quería. No obstante, para nosotros dos, esa conversación tan abierta, fue un poco reconfortante. Le prometí que iba a volver, que íbamos a hablar más del teatro, de la literatura, de lo que fuera. Ahora estoy más ocupada con la universidad, ya no lo veo a Juan tanto.
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Los lunes y los miércoles, voy al centro para gente de la tercera edad de la AMIA. Comencé mi trabajo de voluntario sin tener en cuenta lo que quería hacer ahí. Con tiempo, simplemente empecé a iniciar conversaciones con los viejos en los varios talleres que ofrecen en el centro. Ahora, la mayoría me reconocen. Voy a los talleres de música, pintura, recreación y escritura creativa y ya no se sorprenden tanto por ver una cara tan joven entre ellos. Ahora reconozco las caras y las actitudes de los varios personajes de esa comunidad. Todavía me asombra la sinceridad con que me hablan. Entiendo que aunque no dirijo mi propio taller, y efectivamente no estoy ofreciendo nada nuevo al centro, estas personas están felices de tener alguien que los escuche. Me hablan de todo—de sus visitas a Israel, de sus familias (del nieto o bisnieto que me caería muy bien), de sus raíces, de la política, de fotos que les parecen recuerdos dolorosos de la belleza efímera de la juventud y todos los chismes de la comunidad. Muchas de las personas que van al centro empiezan a partir de la viudez. Me cuentan casi todos que el centro les salvó la vida; que vinieron en búsqueda de una comunidad y terminaron con amigos y, a veces, con pareja. Dicen que la soledad que uno siente después de perder la pareja es lo peor, es insoportable; a partir de eso, uno empieza a darse cuenta de su edad, del tiempo que fuga. Veo las mujeres que jamás vienen al centro sin haberse pintado. Uno ve rastros de la belleza desvaída en los ojos azules, las mejillas cubiertas en polvo y, en su mayor parte, en las sonrisas. Hablan abiertamente de las dificultades de envejecer, cuando uno empieza a perder la autonomía. Cuando les preguntas cuál fue el momento más lindo de sus semanas, casi siempre hablan del tiempo familiar. Una sola llamada de la hija les recuerde que no están totalmente solos en el mundo. Anhelan por alguna conexión humana, aunque sea con una chica joven de los Estados Unidos que se va en unos meses.
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Por casualidad, me hice muy buenas amigas con una mujer de mediana edad que también antes estudiaba letras. Con tiempo, dejó la vida puramente académica y ahora tiene una carrera profesional muy exitosa. Además, tiene hijos y es una madre maravillosa. Cada vez que voy a su casa, nos sentamos a tomar un mate y hablamos horas de todo. Me parece que está tan ocupada entre su trabajo y su familia, que casi no tiene una vida personal propia. Entiendo que goza tremendamente de su familia, pero veo que casi no tiene nadie afuera de su ámbito laboral y su ámbito doméstico con quien puede compartir sus pensamientos, sus esperanzas, sus ideas intelectuales. El marido es muy bueno, pero no comparte sus pasiones intelectuales. Realmente me pregunto si ella está totalmente realizada. ¿Qué hace uno si no tiene nadie con quien pueda compartir su mundo mental? ¿Es esto un compromiso que yo estoy dispuesta a hacer en mi propia vida?
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He conocido una variedad de personas que vinieron de afuera para empezar una nueva vida acá en Buenos Aires. ¿Qué pensaban que iban a encontrar en este país extranjero? Conocí a una pareja de Armenia que tiene un kiosco en Palermo. Inmigraron a Argentina hace muchos años en búsqueda de la libertad, tratando de escapar la opresión de la Unión Soviética, esperando construir una nueva vida para sus hijos. Ahora romantizan la vida en Armenia, mueren con ganas de volver pero se quedan acá por los hijos. Su kiosco está adornado con la bandera de Armenia, unos viejos cintas con romances del “Viejo Mundo” y las fotos de sus hijos. Se venden comidas caseras armenias y siempre tienen una botellita de vodka para vender. Se pusieron tan alegres cuando yo empecé a hablar en ruso con ellos. Noté un dolor en la voz de la mujer cuando hablaba de Armenia. El marido, un flaco con lentes y un nariz muy pronunciado inmediatamente puso una cinta en la vieja grabadora con unas canciones viejas de la patria. No me querían dejar a ir. Me contaban que nunca se sentían parte de la comunidad argentina—que siempre es lindo ser el invitado, pero es más lindo en el propio hogar de uno. Aunque no teníamos mucho en común, sentí su desesperación por alguna conexión que les recordaría de su hogar. A veces olvidamos la importancia de la pertenencia a una comunidad cultural, propia.
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He pasado mucho tiempo observando la gente alrededor de mí. Entre las horas que paso viajando en el colectivo a la facultad y las más dolorosos minutos que sufro en el subte, he visto la belleza de gente en su elemento natural cuando no se dan cuenta que alguien les está mirando. He compartido en el abrazo reconfortante entre un padre y su hija, la amabilidad demostrada cuando uno ofrece el asiento a la vieja mujer a quien le da vergüenza pedirlo, he visto la tristeza en los ojos del viajero del subte preocupado por la nena que a los cinco años reparte elásticos para el pelo. En mi propio soledad, añorando por intimidad y contacto humano, he observado con envidia a la pareja en el rincón del subte, riendo entre ellos como si el resto del mundo no existiera. Los medios de transporte nos fuerzan en una proximidad que crea una intimidad incómoda. Para los quince minutos del viaje, a veces siento que ya conozco a las personas apretadas contra mi cuerpo.
El otro día, estaba viajando en el subte A, volviendo de la facultad. De repente, entró una mujer desesperadamente buscando un asiento. A principio, me molestó su agresividad. Se sentó en frente de mí. En sus rodillas, encima de la cartera, tenía apoyada uno de estos sobres médicos blancos que te dan en el hospital. A penas se sentó, agarro la cara con las manos y empezó a llorar violentamente. Duró unos dos minutos. Intentó recuperar su compostura mientras luchaba contra las lágrimas que le habían destruido el maquillaje. La quería abrazar. Parecía tan cruel que estábamos a un metro de proximidad y no la podía tocar porque en realidad, éramos desconocidos. Le quería decir que no tenía que estar sola, que cada uno de nosotros tenemos nuestras propias luchas; pero en vez de hacer algo, yo seguía mirando hacia delante.

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