Parada no 1: “La Esquina” - Salta
Después de 22 horas en micro, una búsqueda (entre docenas) para un hostal, una visita a la oficina de turismo, una reunión con un empleado de Hertz (una empresa de autos alquilados), y una fascinación con la belleza de Salta, tuvimos mucho hambre! Una mujer en la oficina de turismo nos había recomendado que vayamos a Balcarce (una calle donde hay muchos restaurantes y normalmente muchas turistas). Pero así que ya eran las 16 horas, no era la hora de comer y ningunos de los restaurantes estaban abiertos. Después de pasear por la mayoría de Balcarce sin encontrar otra gente, estábamos bastante contentas aceptando un lugar que ya había pasado, se llamaba “La Esquina”. Acá, pedimos sobre el mostrador y después comimos los más ricos lomo y lomo de pollo que nunca había probado. Con TODAS las salsas que tenían y claro que llegaron con huevo frito, jamón, queso, y tomate. Con imagines de comer tamales y locro autentica en Salta, adentro de nuestra primer hora de llegar, estábamos disfrutando lomos… en una mesa coja en “La Esquina”.
Parada no 2: La Casona del Molino - Salta
Como la única noche del viaje que íbamos a quedarnos en la ciudad de Salta, claro que tuvimos que ir a una peña (una peña es caracterizada por gente que viene para tocar música folklórica y a veces gente baile también). Claro que no íbamos a ir a una de las peñas “turística” recomendaba por el hombre de un hostal dando folletos a las turistas en el terminal de ómnibus. Sin embargo, a la vez el mismo hombre pudo recomendarnos una “peña local” donde no hay que pagar 40 pesos solo para entrar. Llegamos a la Casona del Molino por taxi porque claro que la pena “local” no estaba en el centro. Con dudas sobre ir porque íbamos a despertarnos tempranito la mañana siguiente para empezar nuestra vuelta al norte del Salta y por Jujuy, salió increíble! Había varios cuartos diferentes, todos llenados con gente cenando que pasamos antes de sentarnos en las únicas sillas que parecían libres. Estuvimos en la misma mesa como un chico tocando la guitarra y otro chico el tamboree. Ambos estaban cantando, y ambos tenían una expresión de cara con tan pasión como nunca había visto. El tiempo se pasó muy muy rápido, como comimos tamales, empanadas y humita y buena compañía. Hablamos mucho con los chicos tocando al lado; pidiendo solo “una canción mas”, cada vez que nos dijeron que hubieran terminado,
Parada no 3: El Pollo Picante – Humahuaca
Nos doblaron todos ojos cuando entramos. Éramos las únicas chicas y Yankees, pero no nos importaba. No había ninguna manera que íbamos a comer en uno de los restaurantes medio-caros a dónde van todas las turistas directo de los micros. Encontramos varios restaurantes así, pero claro que regresamos al primer lugar donde se vendía el plato típico: el pollo picante. Un plato generoso de pollo y arroz, con pan, y siguió por una sopa de crema. Todo por 8 pesos.
Parada no. 4: El Comedor Margarita - Iruya
Después de tres horas en un micro local, sobre un camino flaquito arriba y por encima de las montanas, llegamos a Iruya, el pueblito de nuestras sueñas. Seguimos una neña de no más que cinco años, casi corriendo a su casa, donde íbamos a quedarnos por la noche. Era “la casa de alguien” quien encontramos desde el micro, en cual éramos las únicas gringas de nuevo. Después de dejar nuestras cosas, fuimos a buscar comida en un pueblito que ya se había acostado. La búsqueda de la comida, se puso una búsqueda de “un comedor” en cual 1. Había gente adentro y 2. Había gente comiendo adentro. Con el hecho que había un comedor en casi cada cuadra o esquina, parece que debería haberse sido bastante fácil encontrar algo, pero no había nadie, aún la propiedad, en casi todos. Ningunos tenían una carta; las opciones eran ambiguas y la comida que pedimos medio- bueno. Nora probó los tamales esperando algo rebueno y autentico, pero el carne era “carne seco” y el maíz mucho más seco que esperaba. Pedí una torta de papa que no era una de las tres opciones en el principio; solamente vi otra hombre con este plato. Éramos demasiado cansadas para importarnos de la calidad de la comida en el comedor que elegimos. Claro que tuvimos que experimentar una comedor en un pueblito donde no existen restaurantes ni cafés ni licuados ?.
Parada no. 5: Ruta 40 y San Antonio de los Cobres
Dirigiéndonos al suroeste desde las Salinas Grandes, nos encontramos en otro camino de tierra o capaz más como un camino de ripio. Pero esta vez era plano, con baches cada unos pies y estábamos manejando nosotros mismos. Nos quedamos en este camino por casi dos horas (no había otra opción en primer lugar) en las cuales encontramos solamente unos camiones que podían mantener una velocidad mucho más rápido que nosotros. En el principio a mí me gustó mucho manejar en este camino porque era una aventura. Literalmente no había nada; una vista distinta de las Salinas Grandes desde atrás, una casita esporádica de una familia indígena, y bastantes burros que paramos gritando “Burro!” cada 30 segundos después del primer cien. La geografía era bastante interesante; parecida al desértico pero a la vez, estábamos rodeadas de las montañas. Cuando por fin, llegamos en San Antonio de los Cobres (el pueblito al otro lado de este camino de ripio), estábamos más que listas para estar allá. Pero, lo que pasó era que San Antonio de los Cobres salió ser una ciudad fantasma sino que el pueblito muy lindo donde pararíamos almorzar. Éramos las únicas Yankees de nuevo, y solamente dejamos el auto para comer deprisa un chorizo y lomo, en cual yo estaba preocupada sobre el auto en la calle y la billetera en mi mano. Cuando nos fuimos a San Antonio de los Cobres (exactamente 17 minutos después de llegar) por supuesto nos equivocamos en el mapa el y estábamos en camino a Chile. Entonces, hubo que regresar a San Antonio de los Cobres (el ultimo lugar donde queríamos estar) para dirigir al sur. Cuando llegamos de nuevo en San Antonio de los Cobres, esta vez cerramos todas las puertas y ventanas.
Parada no. 6: La Cuesta del Obispo por la noche
Después de Nora se fue para Buenos Aires (me quedé un día más), no podía quedarme en Salta y descansar o hacer un viaje tranquilo al pueblo cerquito de San Lorenzo. ¡Claro que no! Después de estar en auto desde las 7 de la mañana (era las 19 horas), me fui Salta para Cachi; un pueblito en el otro lado de la Cuesta de Obispo. No puedo decir que había turistas haciendo el viaje de 3 horas por la Quebrada de Escoipe y las montañas con una curva cerrada cada 21 segundos. El camino cambió de tierra a pavimento más de 10 veces durante el viaje. Por supuesto, cuando por fin llegué a Cachi era muy muy lindo, y la vuelta del día la mañana siguiente era impresionante. Pero nunca voy a poder olvidarme la ida a Cachi. Era algo parecida a manejando por un agujero negro por 3 horas. LITERALMENTE! Nunca he sido tan feliz ver las luces de un pueblo o de civilización en general.



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